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| el geógrafo | |||
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Me encontré con el geógrafo en uno de los destartalados
autobuses que cubren la línea entre la frontera india y Katmandú.
Fue lo primero que me dijo: Soy Geógrafo. Al decirlo mostró la
sonrisa inocente de los indios de las montañas. Se entretuvo todo el
viaje contándome los nombres de los ríos que atravesábamos,
de las montañas que aparecían a lo lejos. Me explicó que
Nepal era un lugar privilegiado para los amantes de la geografía, porque
presentaba una variedad de paisajes muy amplia, desde el manglar hasta el desierto
de alta montaña. Me contó que iba a enseñar su materia
a los niños de los pueblos perdidos del Himalaya, que no sabía
cuando podría volver con sus padres y que era la primera vez que se alejaba
más de cuarenta kilómetros de casa. Su pueblo era del llano, de
donde todo es verde hasta que la vista se pierde en el horizonte, y plano hasta
el punto de poder percibir lo esférico de la tierra. Noté que
le costaba reconocer los accidentes del terreno, que vacilaba antes de darme
cada nombre, porque nunca antes los había visto. Era hermoso contemplar
a aquel hombrecillo que, al contrario de los grandes geógrafos, aventureros
dedicados a darle forma al mundo, había aprendido primero las formas
y ahora estaba descubriendo los paisajes. ¿No ha de ser difícil
amar la geografía sin más que verla en mapas? Me imagino a mi
geógrafo repasando con el dedo cada cordillera sobre el papel, trazando
con un lápiz azul el curso de los ríos, intentando adivinar el
color del agua de cada meandro. Se me ocurre también que, a falta de
referencia física para las cordilleras o para los lagos y sabiendo que
todo lo representado en los mapas tiene significado, imaginaría las fronteras
como fallas discontínuas teñidas de rojo, que esperaría,
como todos de niños, encontrar una barrera real al atravesarlas.
Me preguntó mil cosas sobre mi país, todo parecía interesarle:
los valles, las montañas, la agricultura y los cultivos, las ciudades,
las carreteras. Me hacía preguntas que me inclinaban a pensar que estaba
hablando con un niño apenas educado. ¿Hay electricidad en España?
¿Y autopistas? Creo que mi intento de explicarle cómo era una
autopista de verdad fue en vano, mientras avanzábamos por la carreterilla
nepalí que tan orgullosamente denominaban “high-road”. Comprendí
entonces que lo mismo que para nosotros es imposible imaginar un color que no
hayamos contemplado previamente, un ultravioleta o un infrarrojo; igual que
no podemos concebir el sonido de los silbatos para perros o los ahuyentadores
de cucarachas porque no pertenecen a nuestra realidad tangible, para mi geógrafo
el mundo apenas existía más allá del verde infinito de
sus campos.
Nos despedimos en Pokhara, siguió hacia sus montañas que tan tardíamente
estaba descubriendo, y antes de irse, recordó iluminado que España
está rodeada de agua. Y me preguntó ilusionado si yo había
visto el mar alguna vez. Tardé unos segundos en comprender lo trágico
de aquella pregunta. Pobre geográfo. Le contesté que sí,
no quise añadir que lo había visto de frente, de lado, desde arriba
y por dentro, que conocía varios océanos, que podía describirle
los amaneceres radiantes del Mediterráneo y las puestas de sol en el
Atlántico, no quise decirle más porque, en ese momento, me pareció
injusto tener ojos y haber visto esas cosas que él amaba tanto y jamás
contemplaría.