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| te soñé tantas veces | |||
Apoyo mis manos en mi cadera desnuda, mi sombra se abate sobre
la espuma del mar en la orilla. Les ordeno a las olas que vengan y vayan, que
vayan y vengan, extendiendo mi mano. El mar me obedece. El viento me festeja.
Soy Ceres, Cibeles, Gea, cualquier mujer capaz de dar vida, creadora.
Y pienso: ¿cómo fuiste capaz de rechazarme?
Te di la condición de Dios, a ti, mísero mortal imperfecto,
te ubiqué en un altar y te colmé de dones, te elevé por
encima del resto de los humanos con mi distinción, te prendí
adjetivos que nunca mereciste, vestí de luz tu pobre cuerpo de gusano,
te cree a mi imagen y semejanza. Te amé.
Y tú, vil bruto ennoblecido por mi amor, ¿acaso te da miedo
la belleza? Rechazaste la Vida, el Amor, la Eternidad en mis besos escondida,
la luz, el ideal, para esconderte, para huir como un reptil a medianoche.
Que agonía fue buscarte cada tarde, para aumentar tu aura, para regalarte
mundos infinitos, para llenarte de ambrosía y gozo, y no encontrarte.
Y saberte temblando en una cueva, atormentado con mi imagen, perseguido, incapaz
siquiera de odiarme, sólo asustado.
Debí destruirte al principio, cuando la luz que te había dado
aún no podía cegarme, cuando el castillo encantado que sobre
ti había construido aún no podía aplastarme. Pero, obcecada,
seguí llenando de rocío tus manos, hasta el punto de despojarme
de toda mi belleza, apagándome a medida que aumentaba tu brillo, regresando
a la tierra, haciéndome pesada, torpe.
Dejé de volar, abandoné las blandas nubes para seguirte al
desierto pedregal dónde te escondías, olvidando mi lecho de
plumas, el coro celestial de mis hermanas, la Sabiduría, la Eternidad
y la Belleza y no me importó, narcotizada por tu presencia, hipnotizada
por la estela diamantina que yo misma te había proporcionado.
Loca, sí, loca, embriagada de tu esencia hasta el punto de olvidar
quién era, quién eras. Hasta el punto de no recordar que eras
sólo una creación mía y creer que me eras necesario.
Invertí los papeles, me convertí en tu esclava, inconsciente.
Arrastré mis pasos tras los tuyos, mucho tiempo, desdeñada,
sin poder aceptarlo, sin querer aceptarlo.
Yo era menos que nada bajo tus pies.
Tal vez no podías siquiera percibirme, tan menguada como estaba mi
luminiscencia. Quizá por eso nunca me miraste, porque mis suspiros
ni siquiera eran audibles, porque es posible que un día, con mi último
rayo aportado a tu capa me dejaras de sentir y ya no fui siquiera una molestia.
Que tortura, que tristeza, languidecer ignorada, olvidada, yo que fui musa
del Tiempo y del Espacio. Cualquier leve malestar habría sido aplacado
en mi hogar divino con exquisitos remedios, y ahí estaba, agonizante,
pudriéndome por dentro, muriendo de mil dolores suprahumanos en el
estrecho cuerpo de una lombriz.
Retorcida, doblada de pena y de agonía, de muerte segura, y apenas
me miraste un segundo sin verme, para desviar de nuevo tu mirada.
Morí, y un dolor de esencias infernales me arrancó de este
mundo.
Ahora habito entre las sombras que me han dado cobijo, pues el cielo me cerró
sus puertas, por traicionarlo. Vago por el mundo que brilló en mi vida,
y no lo reconozco. El color me está negado.
He vuelto a ti, como era previsible, me arrastro confundida con el ulular
del viento, con el rumor de las olas, tratando de tocarte, de rozarte al menos.
Sigo inventando nombres con los que llamarte. Me obceco en recordar caricias
que nunca existieron, te llamo, te reclamo, pero es tarde, porque un muro
de hielo nos separa. Sólo la inercia guía ya mi suerte, pues
ni el amor me queda. He olvidado quererte. Las sombras no podemos amar porque
tenemos el corazón seco. No somos siquiera.
Me duele - y me consuela al mismo tiempo- saber que mi muerte significó
también tu fin, que mis prendas se fueron agotando, como el agua se
evapora, que el nácar y las guirnaldas desaparecieron tras mi sombra,
que todo lo que eras lo había inventado yo y se desvaneció conmigo,
que te quedaste desnudo y frágil tras mi marcha, que te volviste flojo
y quebradizo, que sufriste un escalofrío apenas perceptible, tan débil
que no estoy segura de que lo notaras y que sólo, sólo una vez,
suspiraste en esta misma orilla, soñando que una vez fuiste un Dios,
y que una Diosa te amaba.