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| rosas en vena | |||
| de la serie: rosas a nadie | otros relatos de la serie: | ||
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| tu amor me traía el mar | |||
Pasean, como
cualquier pareja, los domingos por la mañana. Cruzan la ciudad de parte
a parte como cualquiera. Se atreven a invadir el espacio de lo normal, de lo
aceptable.
Se los ve pasear cogidos de la mano, y a veces, si no te fijas en su mirada
llena de nada, anegada de heroína, puedes hasta envidiar la fuerza con
que entrelazan sus dedos.
Ella se tambalea un poco y su cara tiene una eterna sonrisa vacía que,
si no reconforta, al menos evita que el mundo la rechace. Él hace tiempo
que cambió su hígado por una esponja y, más que andar,
navega a la deriva en un mundo de grupos oxidrilos. Ambos caminan firmemente
y, si no los vieras pasar a todas horas, recorriendo el mismo itinerario en
sentidos contrarios veinte, treinta veces al día, pensarías que
tienen un hogar, que se dirigen a algún sitio, que hay alguien que espera
su regreso, que en algún lugar hay una cama que les pertenece.
Los ves llegar y de pronto una incomodidad extraña se apodera de ti.
Preferirías no ver que sus manos apretadas tiemblan, no notar que sus
cazadoras dejaron de ocupar los escaparates hace años, que sus zapatillas
tienen las suelas destrozadas y seguro que sus pies se mojan con la humedad
de los charcos.
Preferirías no verlo, como hace mucha gente que pasa de largo esquivando
su mirada, evitando teñir una inmaculada mañana de domingo con
la miseria que desprende su presencia. Mientras tanto, los dos caminan en silencio,
cada seis pasos se miran y sonríen. Van ausentes de todo y de ellos mismos.
A veces se acercan a alguien que por algún motivo les inspira confianza
y piden un durito para el autobús. Para el autobús de la barra
o del pico. Está claro, para el autobús. No sé que ocurriría
si no lo recibieran, nunca me he arriesgado. Su normalidad es demasiado preciosa
como para tentar la suerte con una negativa. Ellos lo saben y lo explotan, aunque
la inocente voz con que preguntan indique todo lo contrario. Dan las gracias,
sonríen, se alejan.
Media hora más tarde repiten la pregunta, al mismo transeúnte
casi siempre. No pueden reconocerlo, camuflado en la masa de peatones domingueros
que cruzan la ciudad como procesionarias del pino, como hormigas. El anónimo
asediado, al contrario, se acuerda bien de ellos que representan lo distinto,
lo temido, lo otro. Pretende ignorarlos para salir del paso y puede que entonces,
la práctica adquirida con los años de mendicidad, les indique
que se han equivocado al volver a preguntar al mismo personaje, porque no insisten.
Se alejan de nuevo y retornan de la mano fieles a su recorrido, como golondrinas
huérfanas, como cigüeñas sin GPS.
Después se detienen en un banco de piedra. Ella se sienta y él
vigila en pie su desventura. No se sueltan las manos, no se las soltaron recogiendo
el durito, ni comprando pipas. Se aferran uno a otro con más fuerza que
a la vida misma, aplicando todos sus recursos a retener los dedos del otro entre
sus dedos. Aprisionando uñas y falanges, tendones y cutículas.
Grabando las huellas dactilares en las manos contrarias y, por eso, cuando caminan
juntos, da la impresión de que sus pies no rozan las aceras, de que la
fuerza que destila su fusión manual los eleva sobre el pavimento.
Flotan sobre las losetas y sobre las conciencias de todos los paseantes que,
al verlos, se percatan de su propia tristeza. Flotan sobre los sueños
y sobre los recuerdos. Los alumbran a la luz de la desgracia. Los tornan pesadillas.
Flotan sobre el alcantarillado, frente a los escaparates, bajo las farolas,
junto a las papeleras, sobre los hombros, bajo los sombreros. Flotan dentro
de cada persona que los ve, contaminando el rosa dulce con gris amargo, agriando
la leche uperisada y homogeneizada del desayuno, enrareciendo el aire.
Y sin embargo, su presencia a veces reconforta. Imaginas que el amor es posible
más allá de la frontera de las jeringuillas, que sus manos esconden
un secreto, que para ellos aún hay esperanza porque están juntos
y no se han perdido.
Y hasta crees, porque sabes que un día sus cuerpos aparecerán
tirados en una escombrera donde agonizaron tras un mal pico, que sus manos apretadas
protegen una rosa, que la guardan desde siempre abrigada en sus palmas ateridas,
esperando morir con ella entrelazada, porque no habrá más flores
en su entierro que la que puedan llevarse el uno al otro.