de gas
 de la serie: poemas otros relatos de la serie: 
  cercanías  
  esta noche  
 


Tengo que ser de gas
para que no me afecten las balas que me aciertan de lleno cada día. Tengo que ser de gas
para elevarme por encima del fango que llena las ciudades.

De gas para poder atravesar atmósferas que apenas adivino,
envueltas en la niebla.

Lo malo del gas es la inconstancia, la volubilidad.
La transparencia.
El poco peso que tiene en las mudanzas
que le impide encerrarse en los cajones
que le obliga a quedarse o vagar sin compañía.

Tengo que ser de agua
para aliviar el dolor que me produce la existencia.

Para correr,
aunque sea por la vertiente sin posibilidad de huir hacia otro lado,
sin esperanza de escalar montañas,
aunque sea hacia la disolución total en un océano donde perder mi sino.

Lo peor del agua es la gravedad,
su apego a los boquetes,
la tendencia a adentrarse y a esconderse
en recovecos calizos formando estalactitas,
la imposibilidad de detenerse en las cascadas,
la presión del líquido de encima,
la soledad, lo negro.

Tengo que ser de fuego,
para arder cada mañana en un espasmo
y reinventarme en otro personaje mientras caliento el café con las tostadas.

De fuego
para abrasar los pormenores que invaden la esencia de mis sueños,
para calentar almas que mueren reflejando su rostro en mis pupilas.

Temo del fuego su total indiferencia
que le hace arrasar selvas y alas de mariposas,
que le hace impasible
al grito de las flores de papel y a la acritud del olor que va dejando.

Tengo que ser de piedra,
para aguantar el peso de las catedrales
que se han confabulado para odiarme.

Para llorar lava y rocas
cada vez que la tierra me calcina con la evidencia de su crueldad suprema.

De piedra
para ignorar los cortes de las otras esquirlas
arrancadas a fuerza de dolor de las montañas.

Tengo que habitar sueños para no despertarme en una pesadilla.
Para creer que soy agua,
gas, fuego y piedra.

Tengo que habitar sueños
para olvidar mientras me sobrevivo
que Nadie me creó a su semejanza.