reflejos
 de la serie: cuando no me quisiste otros relatos de la serie: 
  postrozada  
  te soñé tantas veces  
 

Apoyo mis manos en mi cadera desnuda, mi sombra se abate sobre la espuma del mar en la orilla. Les ordeno a las olas que vengan y vayan, que vayan y vengan, extendiendo mi mano. El mar me obedece. El viento me festeja. Soy Ceres, Cibeles, Gea, cualquier mujer capaz de dar vida, creadora.

Y pienso: ¿cómo fuiste capaz de rechazarme?

Te di la condición de Dios, a ti, mísero mortal imperfecto, te ubiqué en un altar y te colmé de dones, te elevé por encima del resto de los humanos con mi distinción, te prendí adjetivos que nunca mereciste, vestí de luz tu pobre cuerpo de gusano, te cree a mi imagen y semejanza. Te amé.

Y tú, vil bruto ennoblecido por mi amor, ¿acaso te da miedo la belleza? Rechazaste la Vida, el Amor, la Eternidad en mis besos escondida, la luz, el ideal, para esconderte, para huir como un reptil a medianoche.

Que agonía fue buscarte cada tarde, para aumentar tu aura, para regalarte mundos infinitos, para llenarte de ambrosía y gozo, y no encontrarte. Y saberte temblando en una cueva, atormentado con mi imagen, perseguido, incapaz siquiera de odiarme, sólo asustado.

Debí destruirte al principio, cuando la luz que te había dado aún no podía cegarme, cuando el castillo encantado que sobre ti había construido aún no podía aplastarme. Pero, obcecada, seguí llenando de rocío tus manos, hasta el punto de despojarme de toda mi belleza, apagándome a medida que aumentaba tu brillo, regresando a la tierra, haciéndome pesada, torpe.

Dejé de volar, abandoné las blandas nubes para seguirte al desierto pedregal dónde te escondías, olvidando mi lecho de plumas, el coro celestial de mis hermanas, la Sabiduría, la Eternidad y la Belleza y no me importó, narcotizada por tu presencia, hipnotizada por la estela diamantina que yo misma te había proporcionado.

Loca, sí, loca, embriagada de tu esencia hasta el punto de olvidar quién era, quién eras. Hasta el punto de no recordar que eras sólo una creación mía y creer que me eras necesario.

Invertí los papeles, me convertí en tu esclava, inconsciente. Arrastré mis pasos tras los tuyos, mucho tiempo, desdeñada, sin poder aceptarlo, sin querer aceptarlo.
Yo era menos que nada bajo tus pies.

Tal vez no podías siquiera percibirme, tan menguada como estaba mi luminiscencia. Quizá por eso nunca me miraste, porque mis suspiros ni siquiera eran audibles, porque es posible que un día, con mi último rayo aportado a tu capa me dejaras de sentir y ya no fui siquiera una molestia.

Que tortura, que tristeza, languidecer ignorada, olvidada, yo que fui musa del Tiempo y del Espacio. Cualquier leve malestar habría sido aplacado en mi hogar divino con exquisitos remedios, y ahí estaba, agonizante, pudriéndome por dentro, muriendo de mil dolores suprahumanos en el estrecho cuerpo de una lombriz.

Retorcida, doblada de pena y de agonía, de muerte segura, y apenas me miraste un segundo sin verme, para desviar de nuevo tu mirada.

Morí, y un dolor de esencias infernales me arrancó de este mundo.

Ahora habito entre las sombras que me han dado cobijo, pues el cielo me cerró sus puertas, por traicionarlo. Vago por el mundo que brilló en mi vida, y no lo reconozco. El color me está negado.

He vuelto a ti, como era previsible, me arrastro confundida con el ulular del viento, con el rumor de las olas, tratando de tocarte, de rozarte al menos. Sigo inventando nombres con los que llamarte. Me obceco en recordar caricias que nunca existieron, te llamo, te reclamo, pero es tarde, porque un muro de hielo nos separa. Sólo la inercia guía ya mi suerte, pues ni el amor me queda. He olvidado quererte. Las sombras no podemos amar porque tenemos el corazón seco. No somos siquiera.

Me duele - y me consuela al mismo tiempo- saber que mi muerte significó también tu fin, que mis prendas se fueron agotando, como el agua se evapora, que el nácar y las guirnaldas desaparecieron tras mi sombra, que todo lo que eras lo había inventado yo y se desvaneció conmigo, que te quedaste desnudo y frágil tras mi marcha, que te volviste flojo y quebradizo, que sufriste un escalofrío apenas perceptible, tan débil que no estoy segura de que lo notaras y que sólo, sólo una vez, suspiraste en esta misma orilla, soñando que una vez fuiste un Dios, y que una Diosa te amaba.