tu amor me traía el mar
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Tu amor me traía el mar.
Primero el agua. Luego las algas. Después... la sal.
Y al final, trajo de golpe todos los naufragios.

Tu amor me traía el mar. En cada otoño. Convertía en agua el polvo de los campos y en olas las hojas de los árboles.

Inundabas Madrid de una luminiscencia azul marina. Como amaestrada, la luz se hacía más fuerte en tu presencia y se llenaba de matices glaucos. Podía sentir, en el aire, los peces rozándome al pasar. Y los edificios grises brillaban con el refulgir dorado de la arena caliente.

Tu amor traía la playa, las gaviotas... y el viento fresco del anochecer.
Tu amor llenaba mis inviernos de verano y sal, de arena y agua.

Me traías en tu sonrisa inocente todas las barcas, en tus ojos, todas las Perseidas. Y escuchaba el rumor de las olas en tus labios, caracolas de miel que habían sabido capturar las tormentas.

A tu lado aprendí de mareas, de vaivenes, de océanos y albuferas, de salinas. Por ti me hice sirena.
Me hice sirena y me sumergí en tu lecho.

Me trajiste todos los tesoros del fondo submarino, las perlas, los corales, los peces de arrecife, las estrellas, los caballos de mar, las holoturias… A veces, me trajiste el silencio de las profundidades, ese silencio que es música ante todo.

Hasta cuando llovía, cuando el frío de Diciembre atenazaba toda mi estructura, a tu lado se convertía en bruma y en calima.
Me trajiste la luna reflejada en las olas retirándose.

Me trajiste una vez un pez varado, entre las conchas, y una botella vacía, sin mensaje. Ni siquiera me di cuenta el primer día, buscando como estaba caracolas entre tus cabellos. Eras tan grande en tu humedad que me perdías.

Vasta extensión de azul y de tristeza, me trajiste un delfín agonizante, un trozo de alquitrán, el cuadro oxidado de una bicicleta, un zapato sin suela, bichos muertos y por fin, los restos de un naufragio.

¿Por qué se acabaron las estrellas?

Me costó varios meses explorar aquel ataúd sumergido. No encontraba caminos en tamaño destrozo.
Hierros retorcidos, tablas sueltas. El timón roto, las velas desgarradas, un ojo de buey sin cristal, como un abismo. Cada pieza me dolía un infinito pero seguía, enredando y enredada, en la muerte que me habías ofrecido. Sospechaba que en algún camarote encontraría razones para aquel regalo desdichado. Platos rotos, una vela medio consumida, algún gusano royendo la madera. Y por fin, entre bancos de atunes carroñeros, debajo de una mesa de tres patas, sobre la suavidad del lecho submarino, como en un cementerio, encontré mi retrato deslucido.

Tu amor no traía el mar, tu no me amabas. Sólo yo fui capaz de ahogarme en un mar inexistente, una noche de Marzo, en plena Castellana.